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en un lugar

lejano, olvidado, escondido... aun guardo mis sueños

sábado, 27 de marzo de 2010

Si amaneciera (Saratoga)

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Publicado por Lucyfire a las 15:27 0 comentarios
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La última sirena (de Lauro Paz)

Desde la orilla donde ondulaban las pequeñas dunas, desde la orilla dorada, estaba mirando al mar. El día era claro y transparente. En el cielo azul y limpio brillaba el verano; en el aire flotaba el verano; en la arena estallaba en reflejos blancos, el verano. Estaba sentada en la playa, allá en la orilla del mundo, allá donde los sueños viven eternos en un mundo de colores especiales, en un mundo de sonidos diferentes y estructuras complejas. Estaba sentada en el sitio solitario donde las miradas no llegan. Su perfil estaba sonriendo levemente, sus ojos azules como de nube de lluvia, entornados. Respiraba profundo y entre sus dedos se escurría la arenilla que caía en pequeños torbellinos. Era una silueta hermosa de pechos redondos asomando entre los cabellos requemados y salinos. Su forma de onda bajaba delicado desde su cabeza hasta desvanecerse en la arena. Se recortaba en el paisaje pintada con dedos serenos y minuciosos, pensada y repensada con amoroso empeño, con sutil esmero y perfectos trazos. El mar se mecía suave; se movía con un vaivén de susurros, tranquilo y amable; espejeaba extendiéndose inmenso como abrazo mullido y silencioso; hogar distinto y silencioso; hogar distinto y milenario de cuentos antiguos y mitos, de historias fabulosas. Miraba el mar con amor y respeto, pero en su corazón una llama de luz cálida se agitaba despacio, se mecía partiendo su vida en dos; abriendo sus anhelos y separándolos hacia horizontes opuestos. Sus ojos se cuajaban y la sombra de sus cejas arqueaba la tristeza. La cabeza inclinada mecía el cabello de cascada al ritmo marino, de corriente, de viento. Su cuerpo vibraba y su deseo la llevaba a verse caminando, respirando el aire fresco y lleno de aromas nuevos. Tal vez alguien la soñaría como una mujer esperada y querida y se miraba bella con el cuerpo espigada y flexible, la piel vigorosa de sal, con pies como peces blancos y ágiles, brazos tornasol y una estela verde de profundidades. Sus poros emanarían el olor del agua y algas y se volvería la espera de algunos brazos y escucharía como murmullo de marea la voz de un corazón limpia y franca. Olvidaba así la soledad húmeda y el cúmulo de tiempo sobre sus hombros; olvidaba así la vida de aislamiento y playas, siempre en el confín del mundo, en las orillas de la dulce imaginación de los hombres, pero al fin del encuentro... sola. Su alma se había sumergido en océano interior de rincones penumbrosos, en un laberinto de escondrijos melancólicos donde podía llevar su llanto. Su alma se desbordaba los contornos y se derramaba hacia los sitios oscuros; buscaba el asilo de los dioses y las lágrimas brotaban y se mezclaban con el mar salando sus aguas. Volvía a la ensoñación de flotar en la noche de agosto envolviendo su piel en un hálito nuevo y su risa centelleando en el blanco cobijo lunar. Sentir que un impulso ajeno y renovador la alienta a mundos nuevos. Estaba sentada en el día maravilloso, transparente y límpido. El mar parecía alargarse, parecía intentar tocarla. Era una fuerza natural que lo atraía hacia ella y a ella hacia él. El mar fuerte e inmenso, ella frágil y pequeña, una silueta de cristal, diáfana. Era en el pleno día de verano, una promesa que se esfuma al menor soplo, era un silencioso vuelo de pájaro azul, el eco de una risa en el viento. En algún lugar alguien la pensaba, la imaginaba, la escribía, la dibujaba. Ella sola con la voz quebrada. Alguien la amaba y la esperaba y la llevaba para sí en secreto como una flor preciosa que se abre al calor de un beso y luego se cierra para guardarlo aún tibio en su interior; pero ella no cantaba, había callado y su voz ya no fluyó ni llenó el ambiente ni el aire ni rodó en caracoles. Alguien en algún lugar llevaba ese canto en la profundidad de la garganta, en el temblor de la voz al decir, en el dolor de saberla una tonada mágica que se desvanece en el día cotidiano; pero que palpita en las sienes y la piel, en el común bosquejo de las cosas, en la soledad del recogimiento y en el discurrir nocturno. Un aguijón le punzaba el pecho y la garganta; un dolor único le estremecía sus esquemas y el entorno se volvía más gris y sombrío. Advirtió con tristeza que deseaba lo que no tenía y era algo dulce, pensaba en lo que tenía y fue algo amargo. Sin embargo, su cuerpo, brillando al sol, terso y undoso, se deslizó. Las olas eran altas y alegres con una larga cresta blanca repujada de burbujas, era la superficie del mundo arrullada por el viento. Se sumergió con suavidad dejando atrás las doradas playas y las aguas se cerraron como un abrazo esperado y profundo.
***

Para no olvidar...

"... No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla. Amo el lenguaje y venero a los que, mediante la palabra, han manifestado el espíritu, desde Isaías a Franz Kafka." Juan José Arreola

***

"Tenía 17 años cuando ingresé a San Marcos a seguir las carreras de Letras y Derecho, la primera por vocación y la segunda por resignadas razones alimenticias." Mario Vargas Llosa